En el mundo se han identificado más de 50 especies de coronavirus, de acuerdo con el Comité Internacional de Taxonomía de Virus, y aunque muchos de ellos circulan sin causar mayores problemas, algunos han dejado huella en la historia reciente. El SARS provocó una epidemia entre 2002 y 2003; el MERS generó brotes desde 2012; y el más conocido, el COVID-19, desencadenó una pandemia global declarada emergencia sanitaria internacional en 2020.
Ahora, un nuevo descubrimiento científico vuelve a encender las alertas, no por una amenaza inmediata, sino por lo que revela sobre el potencial evolutivo de estos virus. Investigadores de la Universidad de Cambridge, junto con instituciones británicas y africanas, identificaron en murciélagos de Kenia un coronavirus denominado CcCoV-KY43, capaz de ingresar en células humanas mediante un mecanismo nunca antes descrito.
El hallazgo, publicado en la revista Nature, no implica que el virus esté infectando personas actualmente, pero sí aporta una pieza clave para comprender cómo podrían surgir futuras zoonosis, es decir, enfermedades que saltan de animales a humanos.
Lo que hace particularmente relevante a este virus es su forma de entrada a las células. Hasta ahora, se conocían solo dos receptores celulares que permitían el acceso de alfacoronavirus en humanos. Sin embargo, el CcCoV-KY43 utiliza una vía distinta: una proteína humana llamada CEACAM6. Esta funciona como una especie de “cerradura” alternativa que el virus logra abrir con su proteína de la espiga, la misma estructura que en otros coronavirus facilita la infección.
Para llegar a esta conclusión, los científicos analizaron proteínas de la espiga de 27 coronavirus presentes en murciélagos. Mediante un sistema experimental, probaron su interacción con múltiples receptores humanos. Fue así como detectaron que el CcCoV-KY43 podía unirse específicamente al dominio N-terminal de CEACAM6, permitiéndole entrar en células humanas en condiciones de laboratorio.
Este descubrimiento amplía el mapa de posibles rutas de infección y sugiere que los coronavirus tienen una mayor capacidad de adaptación de la que se pensaba. De hecho, otros virus relacionados encontrados en Kenia también mostraron la capacidad de utilizar el mismo receptor, lo que apunta a una estrategia compartida entre distintas variantes.
A pesar de estos resultados, los investigadores subrayan que no existe evidencia de infecciones en humanos. Se analizaron muestras de sangre de personas que viven cerca de los murciélagos portadores en Kenia y no se detectaron signos de exposición reciente al virus. Además, los experimentos se realizaron con proteínas sintéticas y no con el virus completo, lo que limita las conclusiones sobre su comportamiento en condiciones reales.
Sin embargo, el hallazgo es significativo en un contexto global marcado por la experiencia reciente de la pandemia. La capacidad de un virus para entrar en una célula humana es uno de los primeros pasos necesarios para que ocurra una infección, aunque no garantiza que el virus pueda replicarse ni transmitirse entre personas.
Los expertos coinciden en que este tipo de investigaciones son fundamentales para anticipar riesgos. Identificar virus con potencial zoonótico antes de que causen brotes permite mejorar la preparación, diseñar estrategias de vigilancia y reducir la probabilidad de futuras crisis sanitarias.
El estudio también pone de relieve el papel de los cambios ambientales y la interacción humana con ecosistemas silvestres. La expansión urbana, la deforestación y el cambio climático aumentan el contacto con especies como los murciélagos, considerados reservorios naturales de numerosos virus.
En ese sentido, la vigilancia epidemiológica en fauna silvestre se vuelve una herramienta clave. No se trata solo de detectar nuevos virus, sino de entender cómo funcionan, qué rutas utilizan para infectar y qué condiciones podrían facilitar su salto a humanos.
El caso del CcCoV-KY43 ilustra que aún hay mucho por descubrir en el universo de los coronavirus. Más que una amenaza inmediata, representa una advertencia científica: los virus siguen evolucionando y la preparación ante futuras pandemias depende, en gran medida, de la capacidad de anticiparse a sus movimientos.
