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¿Por qué no podemos hacernos cosquillas? El cerebro tiene la respuesta

Por Redacción Síntesis Legislativa 24 de septiembre de 2026 Actualizado: 24 de septiembre de 2026

Una caricia, un abrazo o incluso tomar la mano de alguien pueden parecer gestos cotidianos y sencillos, pero detrás de ellos existe una compleja actividad del sistema nervioso. El contacto físico interviene en la manera en que el cerebro interpreta las sensaciones del cuerpo, responde ante situaciones de amenaza y establece vínculos con otras personas.

La misma capacidad para distinguir entre un estímulo propio y uno externo ayuda a explicar una experiencia mucho más cotidiana: por qué las cosquillas provocadas por otra persona pueden resultar intensas, mientras que casi nunca conseguimos hacernos cosquillas a nosotros mismos.

La doctora Paula Salamone, especialista en Neurociencias Afectivas, explicó que el cerebro está constantemente anticipando lo que ocurrirá. Esa capacidad de predicción permite que una persona se prepare para los movimientos que ella misma está a punto de realizar, pero también hace que determinados estímulos pierdan intensidad cuando son autogenerados.

El cerebro sabe cuándo uno mismo está a punto de tocarse

Las cosquillas dependen, en buena medida, de la combinación entre contacto, sorpresa y expectativa. Cuando otra persona toca una zona sensible del cuerpo de manera inesperada, el cerebro tiene menos información para anticipar exactamente qué sucederá.

La situación cambia cuando una persona intenta provocarse cosquillas a sí misma. Antes de que los dedos lleguen a la piel, el cerebro ya dispone de información sobre el movimiento: sabe qué parte del cuerpo se va a tocar, con qué intensidad y aproximadamente cuándo ocurrirá el contacto.

“El cerebro es una máquina de predecir todo el tiempo qué está pasando”, explicó Salamone. Esa capacidad de anticipación reduce la sorpresa y, con ella, la intensidad de la sensación.

Por eso, aunque una persona pueda mover los dedos sobre las costillas, el cuello o las plantas de los pies, normalmente no obtiene la misma reacción que cuando otra persona realiza el movimiento sin avisar.

El mecanismo puede observarse incluso en situaciones que no tienen relación directa con las cosquillas. Salamone puso como ejemplo el acto de peinarse: cuando una persona se peina a sí misma puede anticipar cada movimiento, mientras que cuando alguien más manipula su cabello existe un mayor grado de incertidumbre y algunas sensaciones pueden resultar diferentes.

Las cosquillas también son una forma de conexión social

La respuesta a las cosquillas no se limita a una cuestión de percepción sensorial. El contacto físico también puede cumplir una función social.

Las cosquillas forman parte de conductas de juego y de interacción con otras personas, y comportamientos similares pueden observarse en otros primates. El contacto y el acicalamiento ayudan a establecer y reforzar vínculos dentro de los grupos.

En los seres humanos, algo parecido ocurre con determinados gestos de contacto que aparecen de manera espontánea durante una interacción. Una persona puede abrazar a otra que está triste, tomarle la mano cuando tiene miedo o colocarle una mano en la espalda para acompañarla en un momento difícil.

El contacto físico, por tanto, no transmite únicamente información relacionada con la piel. También puede comunicar cercanía, seguridad, acompañamiento y pertenencia.

Una mano puede ayudar a reducir el miedo

La relación entre tacto y emociones también se ha estudiado en situaciones de estrés. De acuerdo con Salamone, tomar de la mano a otra persona puede contribuir a reducir el miedo y la ansiedad, especialmente en los niños cuando buscan contacto con un adulto durante una situación que perciben como amenazante.

Ese efecto forma parte de una respuesta más amplia mediante la cual el organismo puede utilizar el contacto para regular su estado emocional.

Incluso existen formas de contacto con uno mismo. Tocarse el cabello, acariciarse la barba o realizar determinados movimientos repetitivos puede funcionar como una estrategia espontánea de autocalma, conocida en inglés como self-soothing.

Sin embargo, el contacto de otra persona introduce un elemento adicional: la interacción social. El cerebro no solo procesa la información física de una mano sobre la piel, sino también quién está realizando el contacto y qué significa ese gesto dentro de una determinada situación.

Por eso una misma caricia puede tener efectos diferentes dependiendo de la persona que la realiza, el contexto y la relación entre quienes participan en la interacción.

El tacto también ayuda a construir la percepción del propio cuerpo

El contacto físico tiene otra función menos evidente: contribuye a que las personas mantengan una representación de su propio cuerpo.

Salamone trabaja con investigaciones relacionadas con el tacto y los síntomas de despersonalización, y plantea que el contacto proveniente de otras personas puede contribuir a reforzar la sensación de estar conectados con el propio cuerpo.

En ese sentido, sentir una mano, un abrazo o una caricia no significa únicamente registrar una presión o una temperatura sobre la piel. El cerebro integra esas señales con información procedente de otras partes del sistema nervioso para construir una percepción coherente de dónde está el cuerpo y qué está ocurriendo en él.

La ausencia prolongada de contacto social permitió observar con mayor claridad la importancia de esta dimensión. Durante la pandemia de COVID-19, las medidas de aislamiento redujeron drásticamente los encuentros presenciales y, con ellos, muchas de las experiencias de contacto físico habituales.

Las investigaciones posteriores han planteado preguntas sobre las posibles consecuencias de esa reducción del contacto, particularmente entre personas que dependían en mayor medida de la interacción física para sentirse acompañadas o conectadas.

No todas las culturas viven el contacto de la misma manera

Aunque existen mecanismos biológicos relacionados con el tacto y las emociones, la forma en que las personas utilizan el contacto físico también depende de las normas culturales.

La distancia que se considera apropiada durante una conversación, la frecuencia con que se abrazan dos personas o la manera de saludar pueden cambiar considerablemente de una sociedad a otra.

Salamone recordó su experiencia en Suecia, donde podía mantener una conversación con un colega a varios metros de distancia sin que esa separación resultara extraña. En otros lugares, una distancia semejante puede percibirse como poco habitual.

Argentina y Japón ofrecen otros ejemplos de cómo las reglas sociales relacionadas con el espacio personal pueden ser diferentes. Estas diferencias no significan necesariamente que las emociones sean distintas, sino que cada sociedad desarrolla normas particulares para expresarlas y establecer límites físicos.

La misma diversidad puede encontrarse en otros primates. El acicalamiento, por ejemplo, no cumple solamente una función relacionada con la limpieza: también constituye una forma de interacción que ayuda a mantener las relaciones dentro del grupo.

El cerebro convierte un gesto sencillo en una experiencia compleja

Desde una cosquilla hasta un abrazo, el contacto físico pone en marcha procesos que involucran la percepción corporal, la anticipación, las emociones y la interacción social.

La incapacidad para hacernos cosquillas a nosotros mismos es una muestra particularmente clara de cómo funciona el cerebro predictivo: cuando sabemos exactamente qué estímulo vamos a producir, la sorpresa disminuye y la respuesta cambia.

Pero el tacto tiene una dimensión que va mucho más allá de las cosquillas. Una mano sostenida durante un momento de miedo puede convertirse en una señal de seguridad; una caricia puede formar parte de una interacción afectiva y un abrazo puede comunicar apoyo sin necesidad de palabras.

Así, un contacto que parece mínimo puede proporcionar al cerebro información sobre el entorno, las emociones de los demás y hasta la propia presencia corporal. La manera en que cada persona vive ese contacto dependerá tanto de sus características individuales como de la relación que tenga con quien la toca y de las normas sociales que haya aprendido.

SL
Redacción Síntesis Legislativa
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