Análisis y Coyuntura

El pato que no quiso ir a Palacio

Por Bruno Cortés El país amaneció con bata de hospital, pulsera de ingreso y diagnóstico de “cuac reservado”. En Palacio Nacional, donde antes se recibían embajadores, gobernadores, empresarios y uno que otro fantasma de…

junio 22, 2026 · admin
Radar Legislativo: qué pasó · por qué importa · quién decide · qué viene.

Por Bruno Cortés

El país amaneció con bata de hospital, pulsera de ingreso y diagnóstico de “cuac reservado”.

En Palacio Nacional, donde antes se recibían embajadores, gobernadores, empresarios y uno que otro fantasma de la historia patria, ahora la agenda pública estuvo a punto de abrirle paso a Merlín: un pato famoso, futbolero, enternecedor, vestido con la camiseta de la Selección y cargado con esa inocencia que en México dura exactamente lo que tarda el poder en querer tomarse una foto.

La presidenta Claudia Sheinbaum anunció que invitaría al Pato Merlín, a Cristian y a Karla a la mañanera, tras la fama mundialista del animalito. Lo llamó un “símbolo pequeñito” de la cultura mexicana, según reportaron medios nacionales. Hasta ahí, la escena podría parecer una postal simpática: el país necesita ternura, el futbol necesita milagros y la política necesita desesperadamente algo que no parezca política.

Pero entonces ocurrió lo inesperado: el pato no fue.

O, mejor dicho, su familia habría decidido no prestarlo para el retablo matutino. Y ahí, en ese desplante emplumado, se abrió una grieta más profunda que cualquier análisis de coyuntura. Porque el problema nunca fue Merlín. El pato no redactó la estrategia de comunicación. El pato no pidió reflectores. El pato no calculó tendencias. El pato, en todo caso, caminaba por la ciudad como caminan los símbolos verdaderos: sin saber que ya venía un funcionario con gafete dispuesto a institucionalizarlo.

La política mexicana tiene una habilidad prodigiosa para adoptar cualquier cosa que brille: una canción, una frase, un meme, un deportista, un pan dulce, una mascota. Todo lo que emociona al pueblo termina en riesgo de ser expropiado por la liturgia oficial. Aquí no se nacionaliza el petróleo: se nacionaliza la ternura.

Y ahí aparece la otra imagen, la que no cabe en el encuadre: las madres buscadoras. Mujeres que no caminan por Reforma para hacerse virales, sino para encontrar lo que el Estado no ha encontrado. Familias que no llevan camiseta de la Selección, sino fotografías plastificadas. Personas que no piden fan fest, sino audiencia, búsqueda, verdad, identificación, justicia. En marzo, el propio gobierno federal reportó 132 mil 534 personas desaparecidas o no localizadas en México.

Frente a ese dato, cualquier pato se vuelve espejo.

No porque Merlín sea culpable de nada, sino porque su invitación ilumina la jerarquía emocional del poder. Hay dolores que tardan años en conseguir una silla. Hay memes que consiguen micrófono en dos días. La Presidencia puede decir que todo era una anécdota simpática, una muestra de cultura popular, un gesto amable. Pero en política los gestos son lenguaje, y el lenguaje también desaparece personas cuando decide no nombrarlas.

Un padre buscador, Gustavo Hernández, ironizó la situación con una frase devastadora: pidió ser visto como pato para que quizá así lo recibieran. Su hijo Abraham Zeidy desapareció en Nuevo León en 2024, de acuerdo con reportes periodísticos. La frase duele porque no exagera: apenas traduce al idioma del absurdo una realidad que ya era absurda.

México es ese país donde una mascota puede volverse embajadora sentimental antes de que una víctima sea escuchada como ciudadana. Donde el poder descubre “cómo somos los mexicanos” en un pato con camiseta, pero no siempre en una madre con pala, sombrero y miedo. Donde la conferencia matutina puede ser teatro, tribunal, púlpito, aula, ventanilla, ring y, si se descuidan, corral.

La negativa atribuida a Karla tiene, por eso, una elegancia inesperada. No fue un manifiesto doctoral ni un discurso de barricada. Fue algo más raro: sentido común. El ave no debía ser usada en foros políticos. Si alguien merecía ser escuchado, dijo el texto difundido, eran las madres buscadoras. Esa frase hizo más oposición moral que muchas bancadas completas.

Merlín no graznó contra el gobierno. No encabezó marcha. No fundó partido. No pidió registro ante el INE. Simplemente no entró a Palacio. Y en un país acostumbrado a que todos quieran entrar, esa ausencia sonó como editorial.

La política mexicana debería aprender una cosa del pato: a no meter el pico donde hay dolor.

Porque cuando una mascota entiende mejor que el poder el límite entre la ternura y la propaganda, el problema ya no es de comunicación. Es de diagnóstico nacional.

Y el diagnóstico, por ahora, sigue igual: el país está grave, pero por lo menos el pato salió digno.